14 de septiembre de 2017

Este jueves un relato: "LA MANO QUE DA LA MONEDA"


Hace mucho tiempo que llegué a la conclusión de que pobreza e invisibilidad van cogidas de la mano. Es difícil, muy difícil, sustraerse a la comodidad, al adormecimiento de conciencia que supone ignorar la marginalidad, como si ésta no existiera, como si nunca hubiera entrado en nuestro más que reducido ángulo de visión.

En cierta ocasión, ante un mendigo que extendía su mano implorando limosna y a cuyo lado pasó Toñi sin mirarlo, nuestro hijo Alejandro que entonces vivía sus diez añitos, le dijo airado:


- Si no quieres darle limosna, no se la des, pero al menos míralo.


Desde su corta edad, le estaba dando toda una lección de vida. No podemos ignorar la pobreza porque está ahí, a nuestro lado, rodeándonos, cada vez más profunda, cada vez más injusta, cada vez más extendida. No va a desaparecer porque volvamos la vista hacia otro lado.

La grieta entre pobres y ricos se ha hecho abismal. Cada vez hay más pobres en número y en inmensidad de la pobreza, cada vez hay más ricos también en número y en inmensidad de su riqueza, nutriéndose ambos de una clase media que, sencillamente, está desapareciendo a pasos agigantados merced a las políticas profundamente crueles e injustas de nuestros gobernantes.

Pobreza que además de profunda, acaba siendo emocionalmente transversal, ya no es sólo pobreza de bienes materiales, no. Perdida la autoestima, la miseria nos sumerge en el miedo al futuro, hace aparecer los conflictos familiares, trae consigo un sentimiento de fracaso, y nos aporta el caldo de cultivo donde pueden florecer desviaciones como la delincuencia o las perniciosas adicciones.

Años más tarde del episodio del mendigo, observó Toñi que la cara de Alejandro reflejaba tristeza y abatimiento. Después de un cariñoso tercer grado, ese al que sólo las madres son capaces de someter a sus hijos en busca de las raices de algún problema, este le confesó que se avergonzaba y le atormentaba su actitud porque ahora era él el que a veces ignoraba a la legión de pedigüeños con los que se cruzaba cada vez que paseaba por el centro de la ciudad. Grandeza de espíritu esa lucha interna, que mereció un entrañable abrazo de su madre, orgullosa de nuestro hijo.

¿En qué momento y porqué se nos hace invisible la necesidad ajena?. ¿Qué nos lleva a adormecer nuestra conciencia?. ¿Porqué acabamos siendo, como mucho, la mano que alarga la moneda en un acto que tiene mucho de autocomplacencia y poco, muy poco, de empatía y solidaridad?. ¿Acaso no es más pobre el que desvía su mirada que el que pide para subsistir?.

INDIGENTE

En un carro de compra
conseguido al descuido
de algún supermercado,
lleva sus pertenencias:

Cuatro grandes cartones,
(tabiques, cama y manta
para las noches frías)
y unos pocos harapos.
 
Con el triste semblante
de quien espera poco,
aunque agradece todo,
mendiga suplicante.
 
Incómodados con la pobreza ajena,
simplemente lo ignoran
y pasan a su lado como si no lo vieran,
porque siendo invisible, ni siquiera da pena.
 
Su sustento…. indigente.
un cigarrillo o dos,
un poco de alimento
y un mucho de aguardiente.
 
Y al abrigo del frío, en un cajero,
sueña tiempos ausentes,
acurrucando su mísero presente
tan cerca de la riqueza y el dinero.

Más historias sobre personas que alargan la mano para dar la moneda, en casa de nuestro amigo Gustavo