19 de septiembre de 2019

Este jueves, un relato: PISA MORENA


 
 
Hace meses que no participo activamente en los jueves literarios por múltiples razones, una de ellas, tal vez la más importante, la falta de inspiración ante cualquiera de las propuestas sugeridas por vosotros. El tema de esta semana, sin embargo, me ha inducido a volver a publicar una entrada que escribí en el año 2012 y que para mí tiene un significado muy especial. Espero que os guste.
 
 
Mis viejas botas.

Generosas me disteis,

mil horizontes.


Sé que algún día no podreis aguantar, ajadas por los miles de pasos soportados, ni un solo paso más. Llegado ese momento, con el polvo acumulado en vuestra andadura por caminos y senderos, agrietadas por el agua y el sol, por la niebla y la lluvia, por el fango y la nieve, sé que no podré desprenderme de vosotras. Sería incapaz de hacerlo. Os guardaré con mimo, como se guardan los tesoros más preciados, con el último polvo, con el último fango, con la huella de la última hierba pisada en vuestra suela. 

Son demasiadas emociones. Cientos los caminos recorridos, los paisajes contemplados, los colores y  olores percibidos, la Naturaleza acariciada, los silencios  y sonidos gozados, experiencias unas veces compartidas con amigos y otras en dichosa soledad pero siempre con vosotras como inseparables compañeras. 
 
Antes que vosotras, otras botas soportaron la actividad de mis inquietos pies. Sé que después de vosotras, si mi cansado cuerpo lo soporta, otras botas verán nuevos caminos, harán posibles nuevas vivencias.
 
Entonces …. ¿que os hace diferentes?. Podría pensar que como mi camiseta preferida, como el bastón o la mochila  que son muy   anteriores a vosotras, sois simplemente objetos. Pero no es así. Vosotras, mis queridas botas, sois objetos, si, pero objetos con alma. Llevo siempre con vosotras el recuerdo de Sergio mi hijo, ya que fuisteis su regalo en un día de Reyes. Siempre que os calzo, que os obligo más allá del cansancio o el dolor, siempre que coronais cumbres o bajais barrancos, junto a vosotras, su presencia a mi lado, caminando conmigo como en tantas ocasiones, cuando aún vivía.
 
Comentaros, como epílogo, que ahora que vuelvo a publicar esta entrada, mis queridas botas siguen marcando mis pasos, enfundando mis pies, soportando estoicamente el peso de mi cuerpo, algo más viejo, algo más cansado, pero igual de inquieto, como siempre.
 
Más historias de zapatos y botas en el blog de nuestra amiga Dorotea