El vaso de agua estaba allí. Veinte
centímetros escasos lo separaban del borde de la mesa y sin embargo sabía que a
ella le costaría un enorme esfuerzo alcanzarlo, rodearlo con sus manos y elevarlo
hasta sus labios. Esas manos que me habían acunado, acariciado, alimentado
lavado, cuidado, guiado, mimado, esas manos siempre abiertas, siempre
dispuestas a darse, a derramar cariño sin contención ni medida, esas manos
maternas, tras noventa y dos años de generosa entrega, parecían a punto de
rendirse. Nada me hubiera gustado más que acercar yo mismo el vaso hasta sus
labios, pero era consciente de que no debía. Sabía que ella, genio y figura, no
se iba a dejar vencer por una ridícula distancia de veinte escasos centímetros
y que la mejor prueba de cariño que podía darle era alentarla y permitirle
librar esa y otras pequeñas batallas.
Más historias sobre la importancia de las manos en el blog de nuestra amigaDorotea
