La transformación, para aquellos que
la conocían, era evidente. De ser una niña encantadora, generosa y
alegre, se había convertido en un pequeño monstruo. Caprichosa,
irascible, manipuladora y egoista. No está lejano el tiempo en que
no tenía apego a sus cosas más preciadas. Sus peluches y muñecas
eran protagonistas de los juegos compartidos con todas sus amigas.
Ahora no, ahora esos juguetes han sido sustituidos por objetos
impropios de su edad. Móvil de última generación, tablet y
ordenador portatil para su uso exclusivo. Su ropa, que a veces
también era objeto de intercambio entre amigas, ahora, más cara y
abundante, sólo servía para su vanidad y ostentación personal.
Si ahondáramos un poco en el origen de
esa perversa transformación, nos encontraríamos con unos padres
divorciados recientemente, compitiendo de mala manera por el cariño
de una hija, y a esta hija aprendiendo una lección que nunca debió
aprender, que dejarse querer y potenciar con artimañas esa insana
competencia le reportaba, a corto plazo, importantes beneficios
materiales y un lugar de privilegio consentido en ese triángulo de
desafectos y afectos mal entendidos.
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