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13 de febrero de 2015

Este jueves un relato: "LA MAQUINA DEL TIEMPO"



El tiempo es ese segmento de duración que pone límites a nuestra existencia. No hemos podido vencer aún su tiranía. Es empresa imposible moldearlo a nuestro antojo. Aparecemos en un punto determinado de él y tan sólo nos es dado avanzar en una sola dirección, la del futuro, hacia un destino incierto cuya estación término está prefijada de antemano y hacerlo de una manera continua, viviendo cada uno de los segundos sin salto alguno, a pesar de que a veces nos gustaría poder esquivarlos.

Tener la posibilidad de situarnos en ese segmento, hacia adelante o hacia atrás incluso en puntos situados fuera de los límites de nuestra existencia, es una quimera que el hombre ha alimentado desde siempre y cuya consecución debería llenarnos de inquietud y de miedo y que sin embargo nos seduce y hace que soñemos con ella.

¿Sería posible, viajando en una hipotética máquina del tiempo retroceder a momentos que fueron cruciales en nuestra vida?. ¿Conseguiríamos evitar o provocar situaciones que fueron decisivas y marcaron nuestro devenir a partir de aquel instante?.

Muchas veces he soñado ese viaje en el tiempo hacia el pasado, hacia un momento muy concreto en que pude intervenir para evitar un daño irreparable que ha dejado una cruenta huella y siempre he llegado a la misma conclusión. Era inevitable, hubiera sucedido igualmente a pesar mío. Su estación término estaba ahí y no admitía transbordo ni cambio de vías para continuar viaje. Pero no es menos cierto que ese salto hacia el pasado, ese viaje en la máquina del tiempo me hubiera dado la oportunidad tantas veces soñada, de un último abrazo, de un último beso, de un último adios, instantes a los que me gustaría volver una y otra vez en un bucle infinito. 

Si quereis subiros a bordo de otras máquinas del tiempo, las podeis encontrar en el blog de nuestro amigo Alberto V.

3 de julio de 2014

Este jueves un relato: UN MOMENTO ESPECIAL






Llovía a mares. Caminar constituía una ardua empresa. La mochila, las ropas y las botas empapadas eran plomo lastrando cada uno de nuestros pasos. A la dificultad de caminar bajo la tormenta se  unían un camino terroso, serpenteante en constante ascensión y la llegada de la noche que nos obligaba a una tensión especial, siempre ojo avizor para no desviarnos de nuestro destino.

Ibamos haciendo el Camino de Santiago. Habíamos salido desde la base del Alto de Pedrafita y nos dirigíamos a Fonfría,  pasando por O Cebreiro. En el albergue de peregrinos de A  Reboleira nos esperaba Toñi, inquieta por lo desapacible del día y por nuestra tardanza. Ella, lesionada en la subida a O Cebreiro, se había visto obligada a coger un taxi hasta el albergue.

Finalmente  la luz del albergue, brillando en la oscuridad, puso alas a nuestros pasos. En el vestíbulo de la entrada, tuvimos que descalzarnos e incorporar nuestras botas a una interminable fila de ellas que descansaban su fatiga junto a la pared.

La fatídica jornada estaba a punto de  culminar en un momento muy especial. La zalamería de Toñi y su facilidad para hacerse apreciar por los  demás, posibilitó que nos estuvieran aguardando para cenar junto a los demás peregrinos.

Fue emocionante. En el interior de una palloza, construcción circular típica de algunas regiones españolas, una  gran mescolanza  de nacionalidades estaba presente en aquella mesa. Canadienses, norteamericanos, brasileños, franceses, holandeses, belgas y por supuesto españoles dispuestos a compartir unos momentos mágicos. El idioma era lo de menos para confraternizar. Comimos, bebimos, reimos y finalmente cantamos.

¿Os imagináis a los franceses cantando La Marsellesa?, peor aún, ¿Os imagináis a nuestros amigos Paco y Eva junto a nosotros cantando sevillanas?.  Debimos hacerlo muy bien porque nos obligaron a repetir, eso o los efectos etílicos nos elevaron a la categoría de virtuosos del cante.

Fue, repito, un momento muy especial que venía a demostrar que por encima de credos, ideologías, diferencias culturales, los seres humanos somos capaces de empatizar, confraternizar, olvidarnos de lo que nos separa en beneficio de lo mucho que nos une. 

Podeis ver más momentos especiales un poquito más abajo en este mismo blog

10 de abril de 2014

Este jueves un relato: ¡QUE ARTE, MI "ARMA"!


Habían sido dos  días pródigos en emociones, intensos. Una Sevilla luminosa y acogedora, aromada de incienso y azahar fue testigo mudo de efusivos besos y abrazos, algunos de ellos primerizos pero no por ello menos queridos  y anhelados, de encuentros y reencuentros largo tiempo soñados. Dos días que duraron lo que un corto suspiro, tal fue su levedad sentida.

Breve tiempo compartido que, sin embargo, nos dio para la conversación distendida, para la confidencia, para pasear, para tapear, para descubrir una ciudad que se nos ofrecía generosa y hospitalaria gracias sobre todo, a la dedicación sin reservas de nuestras anfitrionas.

Nieves quiere que nuestro lema esta semana sea ¡Qué arte, mi arma!, y este se puso de manifiesto en los escritos de Casss, Leonor, de Alfredo, de María José, de Rosa, de Nieves, de Juan Carlos, pero sobre todo de José Miguel, divertido, irónico, chispeante y cantaor, echándose sin timidez ninguna, antes de leer su escrito,  un cante flamenco que me pareció una soleá.




José Miguel reboza arte por los cuatro costados. Enamorado de la vida,  la apura con avaricia, sin mesura, nunca esaborío, siempre con la sonrisa a flor de piel.  Tras  la carduza que nos dimos, durante todo el día en el que tuvo que superar innumerables graillas, ahítos de la jartá de comer y de beber, chuchurríos y agotados, a las dos de la mañana, el seguía teniendo ganas de chusneo,  de tomarse la espuela. No encontramos el sitio adecuado y volvimos al hotel, pero… ¡qué arte, señores tiene José Miguel!.

En el último párrafo he querido intercalar algunas palabras del habla coloquial cordobesa cuyo significado adjunto: 

Esaborío: Persona antipatíca
Carduza: Esfuerzo considerable
Grailla: Grada de las puertas o aceras
Jartá o Hartá: Mucho de algo
Chuchurrío: Mustio
Chusnear: Pasar el rato de forma divertida
Tomar la espuela: Tomar la última copa. Procede de los siglos XVIII y XIX, en que los jinetes se quitaban las espuelas en las tabernas para no dañar el mobiliario. La última copa la tomaban mientras se las ponían de nuevo para irse, de ahí lo de tomar la espuela.

Mucho más arte derrochado en el blog de nuestra amiga  Matices