El tiempo es ese segmento de duración que pone límites a nuestra existencia. No hemos podido vencer aún su tiranía. Es empresa imposible moldearlo a nuestro antojo. Aparecemos en un punto determinado de él y tan sólo nos es dado avanzar en una sola dirección, la del futuro, hacia un destino incierto cuya estación término está prefijada de antemano y hacerlo de una manera continua, viviendo cada uno de los segundos sin salto alguno, a pesar de que a veces nos gustaría poder esquivarlos.
Tener la posibilidad de
situarnos en ese segmento, hacia adelante o hacia atrás incluso en
puntos situados fuera de los límites de nuestra existencia, es una
quimera que el hombre ha alimentado desde siempre y cuya consecución
debería llenarnos de inquietud y de miedo y que sin embargo nos
seduce y hace que soñemos con ella.
¿Sería posible,
viajando en una hipotética máquina del tiempo retroceder a momentos
que fueron cruciales en nuestra vida?. ¿Conseguiríamos evitar o
provocar situaciones que fueron decisivas y marcaron nuestro devenir
a partir de aquel instante?.
Muchas veces he soñado
ese viaje en el tiempo hacia el pasado, hacia un momento muy concreto
en que pude intervenir para evitar un daño irreparable que ha dejado
una cruenta huella y siempre he llegado a la misma conclusión. Era
inevitable, hubiera sucedido igualmente a pesar mío. Su estación
término estaba ahí y no admitía transbordo ni cambio de vías para
continuar viaje. Pero no es menos cierto que ese salto hacia el
pasado, ese viaje en la máquina del tiempo me hubiera dado la
oportunidad tantas veces soñada, de un último abrazo, de un último
beso, de un último adios, instantes a los que me gustaría volver
una y otra vez en un bucle infinito.
Si quereis subiros a bordo de otras máquinas del tiempo, las podeis encontrar en el blog de nuestro amigo Alberto V.


