Me confieso desorientado. La existencia es relativamente estable cuando se desarrolla soportada en la aparente solidez de unas creencias, de unos modelos a imitar, de unas doctrinas a seguir.
Somos limitados, imperfectos, débiles, perecederos. Creo que esa imperfección, esa debilidad, es la fértil tierra donde brota pujante la imperiosa necesidad de buscar modelos a los que imitar e ídolos, fuerzas superiores, deidades que a modo de anclajes, nos doten del necesario equilibrio, nos ayuden a superar los miedos, aporten firmeza a nuestra inseguridad, destierren nuestra finitud con una ilusoria idea de trascendencia posterior a la muerte física.
No tengo consciencia de cómo se ha producido el proceso que me ha conducido al desconcierto actual. Ese proceso que me induce a cuestionar, a poner en tela de juicio, a ponderar y enjuiciar de forma crítica y escéptica las excelencias de cualquier modelo a seguir, de cualquier ídolo al que imitar, sea de origen humano o divino.
Tengo claro el momento en que ese desconcierto afloró, en que se me hizo patente algo que a lo largo de un tiempo largo e indeterminado había ido tomando en mí aunque no quisiera admitirlo, carta de naturaleza: La necesidad de desterrar ídolos, de someterlos a la criba de la razón, de la inteligencia, de la superación y el esfuerzo personal.
Tan solo sé que ese proceso no parece que tenga vuelta atrás y produce desazón vivir el día a día sabiendo que los modelos, todos los modelos, tienen sus imperfecciones y que las deidades constituyen un placebo para nuestras flaquezas.
Tengo claro el momento en que ese desconcierto afloró, en que se me hizo patente algo que a lo largo de un tiempo largo e indeterminado había ido tomando en mí aunque no quisiera admitirlo, carta de naturaleza: La necesidad de desterrar ídolos, de someterlos a la criba de la razón, de la inteligencia, de la superación y el esfuerzo personal.
Tan solo sé que ese proceso no parece que tenga vuelta atrás y produce desazón vivir el día a día sabiendo que los modelos, todos los modelos, tienen sus imperfecciones y que las deidades constituyen un placebo para nuestras flaquezas.
Otras deidades se asoman al balcón de CASS






