El día se presentaba luminoso, invitando a
gozar la calle. Como cada domingo, por la ventana abierta, se colaban las voces
y ruidos de los vendedores ambulantes mientras montaban sus tenderetes, con las
más variopintas mercancías, en la cercana carretera cortada al tráfico por unas
horas, para permitir ese mercadillo semanal.
Me dispuse a disfrutar del día y del
mercadillo. Me gusta la mescolanza de gentes de toda condición que en él se dan
cita, me gusta hurgar entre montones de ropas en busca de la ganga que
difícilmente se encuentra o practicar el regateo con el que conseguir un mejor
precio.
En este pequeño pero abigarrado universo, no
es extraño encontrar a amigos de lo ajeno, aventajados discípulos de la
cofradía de Monipodio, que en él encuentran el hábitat adecuado donde
desarrollar sus artes de distracción.
Mientras Toñi rebuscaba entre prendas hacinadas, uno de estos artistas, de una forma sutil, con suma delicadeza,
cambió su monedero desde el interior del bolso de mi esposa al bolsillo de su
pantalón. Todo un artista. Lástima que su excelente actuación se malograra por
la presencia de un indeseado espectador, mi sobrino. Cortada su retirada por éste,
requerido con gestos a devolver lo robado, dispuesto a no irse de vacío, quiso negociar en voz baja la mitad del botín a cambio
de silencio. Pillado in fraganti y aclarado el parentesco entre víctima y espectador, tuvo que renunciar a lo hurtado y aceptar además, la obligada compañía de dos
policías locales que gustosamente se ofrecieron a enseñarle las dependencias
municipales.
Más personajes pillados in fraganti, en casa de nuestro amigo Gus